20 octubre, 2016

Añoranzas del viejo Beijing, sufrimientos actuales en la capital china

Quizás porque me estoy volviendo viejo, y otras razones, cada vez añoro más al Beijing de antes (al que llegué en 1975) con la misma fuerza con la que me desagrada el Beijing actual.

La semana pasada visité la capital china y, entre la contaminación, los atascos, los problemas con los taxis, sólo estuve, en una semana, dos horas afuera de la Oficina y del Hotel. Tuve la suerte de que los temas de trabajo los pude resolver en la Oficina, dentro del mismo complejo donde estaba el hotel donde me alojaba, lo cual me permitió no salir a la calle.


Foto de Beijing esta semana de la Agencia Xinhua
No sólo se trata de que del Beijing de mediados de los años 70 ya casi no queda nada –salvo los monumentos históricos y algunos parques- sino que hasta hace unos diez años la capital china era mucho más agradable, habitable, de lo que es en la actualidad.

Sí, es verdad, Beijing era más “pobre”, no conseguíamos con facilidad muchos artículos de uso diario y aprovechábamos para traerlos en nuestros viajes al exterior. Y eso también tenía en cierta medida un encanto, ya que disfrutábamos más cuando llegaban a nuestras manos esos productos.

Pero podíamos, y nos gustaba, andar en bicicleta, caminar por calles arboladas, ir a pasear o remar a los parques en verano y a patinar sobre hielo en invierno. Ahora, las continuas alertas amarillas llaman a la población a “reducir sus actividades en el exterior”.

Éramos “descubridores” de lugares de interés, de tiendas especiales, de restaurantes. La pequeña comunidad extranjera estaba muy unida; casi todos los fines de semana había alguna fiesta o reunión en casa de alguien, y en verano nos sentábamos afuera a tomar cerveza o “qishui” (agua gaseosa con sabor a naranja). Jugábamos al ping-pong , al bádminton, al fútbol y en verano teníamos la piscina del Hotel de la Amistad o del Hotel de las Colinas Perfumadas.

Los primeros restaurantes extranjeros privados que se abrieron tras la apertura al exterior, como el famoso “Mediterráneo” o el español “Mare” se convirtieron en lugares de encuentros inolvidables por lo menos para la comunidad de habla hispana.

Ahora Beijing es un bosque de rascacielos que parece que compitieran a ver cuál de ellos es más “raro”, de autopistas atascadas día y noche, de barreras arquitectónicas que obligan al peatón a estar constantemente cruzando puentes o túneles, donde es difícil conseguir un taxi y se puede tardar una hora para recorrer cuatro kilómetros. Y aparte de eso es una ciudad cada vez más cara. Andar en bicicleta es una actividad que se ha vuelto peligrosa, por el tráfico, por la contaminación, y minoritaria.

Es verdad que con la “modernización” y el “progreso” otras ciudades del mundo también han cambiado y son peores que en décadas atrás; pero también es verdad que otras han cambiado para bien, pensando en los habitantes y visitantes de las mismas.

En la capital china se han perdido tradiciones, como los baños públicos, el jugar al ajedrez o a las cartas en la calle, el que la ciudad se inundara de sandías en verano y de coles chinas en invierno. Beijing tenía sus cuatro estaciones (es verdad que el verano y el invierno más largas que la primavera y el otoño) cada una con su característica propia, sus colores, sus comidas, sus olores, su clima, su paisaje.

Ahora la macro-urbe sin personalidad, queda escondida y borrosa en medio de la contaminación a tal punto que –al igual que el hombre que muerde al perro- la noticia ya no es la contaminación sino cuando amanece y perdura un día claro, con aire limpio y cielo azul.

Las estadísticas de las empresas de transporte muestran que son más los extranjeros que se van de Beijing que los que llegan. Varias son las razones, entre ellas la contaminación, los cambios en la economía china, y las nuevas normas de las autoridades que obligan a marcharse del país a los extranjeros mayores de 60 años, muchos de ellos con décadas de residencia en China. O sea que encima de todo ya cada vez queda menos gente para ver.


Los veintidós años como residente en Beijing, y los cuarenta y uno relacionados con China creo que me dan “derecho” a criticar, quejarme y sufrir por lo inhóspita que se ha vuelto la Capital del Norte de la cual, por suerte, guardo agradables recuerdos del pasado.

13 octubre, 2016

El fútbol chino, de derrota en derrota

Hace casi un año atrás escribía en estas Reflexiones Orientales "Una decepción para el fútbol chino"( Ver artículo pinchando aquí.)

Días atrás, mi amigo y veterano seguidor de la realidad china, Jesús Castillo Abascal escribía en Iberchina un artículo titulado "China, el fútbol y Xi Jinping" ( Ver artículo pinchando aquí )

En abril de este año, el gobierno chino, bajo la dirección de Xi Jinping, considerado un gran aficionado al fútbol, fijó un ambicioso plan para convertir a China en una "superpotencia mundial de fútbol" para el año 2050.

Los tres "sueños" de Xi Jinping en relación con este deporte son: que China participe en un mundial de fútbol, que China pueda organizar un mundial en su territorio y por último que su selección sea campeona del mundo.

Al mismo tiempo, en los últimos meses hemos visto cómo de forma continua empresas chinas compran equipos de fútbol por todo el mundo, atraen con contratos millonarios a entrenadores y jugadores para participar en su Liga nacional, y llegan a acuerdos para la creación de escuelas de fútbol con participación de miles de estudiantes.

Desde que llegué a China en 1975, o sea 41 años atrás, no he dejado de escuchar las quejas de su población, muy aficionada al fútbol, sobre por qué siendo el país más poblado del mundo, no eran capaces de seleccionar a once buenos jugadores. 

En los últimos años, a este "razonamiento" demográfico, se ha unido el poderío financiero de China y sus empresas, como si con todo el dinero del mundo se pudiera mejorar el nivel de un deporte detrás del cual hay tradición, picardía y lo que en Uruguay llamamos "garra".

Con esta misma lógica -el país más poblado del mundo y con un extraordinario poder financiero- China debería figurar como el país número uno de la tierra, no sólo en fútbol, sino en otros deportes y demás campos de la vida social.

Por suerte para países como Uruguay -cuya población total es menor que la de un simple barrio de Beijing y que ha sido dos veces campeón del mundo y dos más campeón olímpico- la demografía y el dinero no son los elementos claves para figurar a la cabeza del mundo. No sé si existen en Uruguay escuelas de fútbol, y si es así, cuántas hay, Lo que si veo en Uruguay y nunca he visto en China son niños jugando al fútbol en la calle y plazas de todo el país. De allí han salido figuras que en la actualidad brillan en el fútbol europeo, por ejemplo Luis Suarez, Cavani o Godín, entre otros.

Lamentablemente para China su situación ha ido de peor en peor desde que en noviembre del año pasado escribí "Una decepción para el fútbol chino". En las últimas dos semanas ha perdido con Siria y con Uzbekistán para las eliminatorias del mundial de fútbol de Rusia del 2018, y de cuatro partidos ha perdido tres y empatado uno.

Sólo un milagro haría que China pudiera clasificarse para el mundial de Rusia. En realidad, no sería nada nuevo, ya que la República Popular sólo participó en un Mundial de Fútbol, el de Corea-Japón del 2002 que, al realizare en Asia, permitió a China llegar a estar entre los mejores del Continente ya que la participación de Corea del Sur y de Japón ya estaba asegurada, como anfitriones.

En este caso concreto del fútbol, me temo que va a ser difícil que, a corto y mediano plazo el sueño del Presidente Xi Jinping y de más de 1.300 millones de chinos se haga realidad por más dinero que sigan invirtiendo en todo el planeta.