11 diciembre, 2013

Ábacos, calculadoras, tiendas chinas y contando con los dedos


Cuando hace unos días la UNESCO declaró el ábaco como Patrimonio Cultural “Inmaterial” (¿?) de la Humanidad me vinieron a la memoria mis primeros años en China y en especial el asombro y extrañeza que me causaron entonces las tiendas de Beijing.
Puede sonar raro, pero el entrar a una tienda, recorrerla, comprar cosas, fue una de las primeras experiencias más interesantes que tuve en China y en donde empecé a intentar aprender algo y comprender algo del país.  
De hecho, después de la llegada al Aeropuerto La Capital una noche del 7 de julio de 1975, al segundo día nos llevaron, en un auto con cortinas en las ventanas, como se estilaba entonces, a dar una vuelta por la ciudad que terminó en el famoso “Baiduodalou” de Beijing, los “Grandes almacenes” como decían entonces los traductores, y literalmente “Gran Edificio de Cientos de Productos”, la principal tienda de la capital china, en la más importante calle comercial de la ciudad, Wangfujing.
Durante el viaje en el auto no dejaron de asombrarme las bicicletas, la plaza de Tiananmen, los retratos de Mao, pero al fin y al cabo eso lo había visto ya en muchas revistas. Lo que vi en los grandes almacenes, sin embargo, y que luego se repetiría durante años en todo tipo de tiendas, fue una serie de cosas que, con mis 17 años, me causaron una impresión que aún recuerdo como si fuera ayer.
En primer lugar, me di cuenta, muerto de vergüenza en un principio y con una sensación casi de “estrella” de cine o de fútbol después –para qué negarlo- cómo todos nos miraban y la gente hacía círculos a nuestro alrededor observándonos de la cabeza a los pies. Y es que eran años en los que había pocos extranjeros y la población local miraba con ingenuidad y extrañeza a unos seres que, como en nuestro caso, les resultaban casi “marcianos”, en especial por lo largo de nuestras narices. (Ni qué decir si el extranjero era rubio, pelirrojo o de raza negra…)
La segunda impresión fue ver cómo el dinero que se pagaba y se devolvía era depositado en una bandeja pequeña, como de laboratorio u hospital, y manipulado con unas pinzas para que el vendedor o cajero no tuviera contacto físico con él. Aunque raro, lo entendí como una medida higiénica.
También una de mis primeras “lecciones de China”, al segundo día de llegar, fue aprender que ellos contaban del 1 al 10 con una sola mano, y me miraban con extrañeza y en algunos caso hasta miedo, cuando por ejemplo para pedir ocho caramelos extendía las dos manos hacia la cara del vendedor, una completamente abierta y la otra con los dedos anular y meñique cerrados.
Lo que más me llamó la atención, sin embargo, fueron los ábacos. Había un mínimo de dos o tres por mostrador, y emitían un sonido muy particular, no sólo cuando el vendedor los usaba para hacer sus cálculos, con una velocidad y destreza en los dedos dignas de un prestidigitador, sino cuando “jugaba” con ellos, lo cual era un fenómeno constante.
Admirador de “Les Luthiers” pensé que sería un instrumento ideal para el grupo argentino, aunque finalmente no sé si alguna vez llegaron a usarlo o no.
Esa “música” de los ábacos, que durante años sonó no sólo en tiendas, sino allí donde se cobraba dinero –restaurantes, peluquerías, hospitales y clínicas, ventanillas de venta de billetes, etc- fue durante décadas una de las cosas más típicas de China …. y más extrañas para mí.
Además, todos los ábacos eran iguales, todos del mismo tamaño, todos del mismo color …. con la única excepción de los ábacos de los bancos, que eran más largos, menos anchos y de color blanco.
Reconozco que nunca supe usar el ábaco, aunque con el tiempo aprendí a “leerlo” al revés, o sea antes de que el vendedor dijera la cifra, ya podía, desde el otro lado del mostrador, “adivinar” el monto que indicaba el ahora Patrimonio de la Humanidad.
Mis dos primeros años en China fueron de estudio del idioma, y cuando entré a la Universidad de Qinghua (o Tsinghua como se conoce también ahora), lo que usábamos ya era la regla de cálculo; ya que el ábaco aunque podía hacer “casi de todo”, no llegaba por ejemplo a los logaritmos, raíces cuadradas u otras operaciones más complicadas.
Entre los recuerdos del ábaco, una cosa que nunca dejó de llamarme la atención es que si por ejemplo compraba un producto de 1 Yuan y otro de 2 Yuanes, el vendedor siempre usaba el ábaco para sumar 1 + 2, para a continuación decir “son 3 yuanes”. Además, si pagaba 4 Yuanes con dos billetes de 2, el vendedor regresaba al ábaco para restar 4 – 3, para luego decir “le devuelvo un yuan”.
Hasta la “extinción” del ábaco como parte del paisaje de las tiendas o restaurantes, hubo un período de transición, de solape entre el ábaco y las calculadoras, eléctricas o electrónicas, período en el cual el que salía ganando siempre era el ábaco.
Así, volviendo al ejemplo anterior, una compra de 1 Yuan y otra de 2 Yuanes, primero se sumaba en la calculadora, y se obtenía el resultado de 3 Yuanes; sin embargo, el vendedor, tanto para cobrar como para dar el cambio, después de usar la calculadora, “volvía” al ábaco a comprobar si el resultado de la “modernidad” era el correcto.
Al final, la “modernidad” terminó venciendo y el ábaco se tuvo que retirar, esconderse en cajones, rincones o cajas de cartón, y en algunos casos terminando como elemento decorativo o de venta en tiendas de curiosidades.
China, Beijing, sus tiendas han cambiado mucho en las últimas décadas –y eso lo sabe hasta el que no haya viajado allí- y la decisión de la UNESCO me produce saudades de una época en que el ábaco era parte del mobiliario de las tiendas, donde aprendí que los chinos no contaban con las dos manos, que aparte del dinero existían los llamados “cupones de algodón” y “cupones de cereales”, que la unidad de peso era diferente, que entonces, en los años 70, las pilas usadas se devolvían para comprar nuevas, igual que se podían devolver los tubos de pasta de diente usados para comprar un tubo nuevo.
Las tiendas de China dan para esta y muchas más historias.
Publicado originalmente en Global Asia 

19 noviembre, 2013

Reflexiones invernales – Frío, calefacción y coles chinas en Beijing

Si hay algo que refleja por un lado los grandes cambios que han tenido lugar en China en las últimas décadas, y por el otro, cómo hay cosas que siguen siendo iguales, es la llegada y el paso de los inviernos, por lo menos en Beijing.
El pasado 15 de noviembre comenzó a funcionar la calefacción centralizada en Beijing. No parece a primera vista un acontecimiento destacable y merecedor de unas notas, pero es algo que se ha repetido de forma ininterrumpida desde el primer invierno que pasé en China, en 1975, y que siempre, como ignorando la transformación que ha tenido lugar en la República Popular desde entonces, ha estado rodeado de la misma “liturgia” política y mediática.
Tanto unos días antes; el mismo 15 de noviembre (siempre ha sido la misma fecha, independientemente del clima) como los días posteriores, la televisión y prensa escrita local dedican importantes espacios a las noticias relacionadas con este tema.
Aún hoy recuerdo la sensación, una mezcla de “vergüenza” y “privilegiado”, que tenía durante mis primeros inviernos en Beijing cuando nuestros conocidos o amigos chinos no dejaban de recordarnos que la calefacción para los llamados “amigos extranjeros” empezaba unos días antes que para los habitantes locales.
El carbón era entonces la única fuente de energía para la calefacción. Las instituciones grandes (por ejemplo las Universidades) tenían sus propias calderas, mientras que varias empresas municipales eran las encargadas de suministrar de forma centralizada agua caliente para los radiadores de viviendas en edificios y sedes de ministerios, organismos estatales y empresas.
Por último los millones de habitantes que vivían aún en casas bajas antiguas, derribadas ahora en su mayoría por lo que alguien en mi tierra llamó “la piqueta fatal del progreso”, combatían el frío con estufas individuales de carbón. Las casas no tenían chimeneas fijas en sus techos, y por eso al llegar el invierno se montaban unos tubos que empezando en las estufas salían a través de agujeros redondos en las ventanas.
Beijing se convertía en una ciudad con miles de hilos de humo saliendo de las casas bajas, y una atmósfera cargada, en todos los sentidos, de un carbón que se olía y se impregnaba en la ropa de sus habitantes.
Aparte de por las obvias razones meteorológicas, Beijing se transformaba completamente en invierno, era como otra ciudad.
Para empezar, y como para marcar oficialmente que pronto el frío sería el elemento predominante, el 1 de Octubre (fiesta nacional de la República Popular) la policía cambiaba sus uniformes, que pasaban del color blanco al azul. Eran los años en los que, a pesar de, o quizás como resultado del poco número de vehículos a motor y del caos de bicicletas, carros de caballo y peatones, era normal ver policías de tráfico en las esquinas de la ciudad. (La policía tenía entonces tres uniformes diferentes al año, dos de color banco –uno de manga corta y otro de manga larga- y uno de color azul –que se usaba entre el 1 de Octubre y el 1 de Mayo).
Al llegar noviembre ya se empezaba a notar el frío y en consecuencia cambiaba la vestimenta de la población, que salía a la calle con largos abrigos de algodón, mayoritariamente de color azul, y en menor medida del verde del ejército, con unas gorras que cubrían las orejas, manoplas en lugar de guantes, y los llamados “zapatos de algodón” de color negro.
Para combatir el frío, hombres y mujeres usaban calzoncillos largos en sus dos versiones: de algodón y de lana –estos últimos más gruesos- que a medida que avanzaba el frío se combinaban siendo la combinación “máxima” dos de algodón y uno de lana.
Entre lo largo y pesados que eran los abrigos de algodón, más el uso de los calzoncillos largos, gorros y manoplas, el andar en bicicleta no era una tarea fácil, y menos cuando había que pedalear con el viento en contra o con nieve.
Para alguien que, como era mi caso, había considerado siempre a diciembre como sinónimo de verano, vacaciones y playa, el invierno de Beijing no dejaba de tener su encanto, en especial cuando nevaba (muy pocas veces al año, para mi pesar), o cuando uno podía caminar sobre los lagos congelados del Palacio de Verano o, en nuestro caso, del Parque de los Bambúes, que nos quedaba más cerca de casa.
Asombraba mucho, aparte de los cambios ya comentados en la vestimenta de la gente, ver cómo se ponían telas guateadas encima de la parte delantera de los camiones, o de los autobuses, para evitar que se congelaran los motores.
Esas telas guateadas se colgaban también en las puertas de tiendas y oficinas para intentar tapar la entrada del aire gélido, y aún hoy pueden encontrarse en algunos edificios de Beijing.
También me asombré al ver cómo en pleno invierno y con muchos grados bajo cero, se vendían y la gente comía helados de hielo….
Junto con la llegada de la calefacción del 15 de noviembre, el otro elemento más importante en la vida diaria de los habitantes de la ciudad, era la campaña de transporte y distribución de lo que se conocía como “col china” o 白菜.
Los 70 eran años en que la fruta o verdura que se comía era de temporada, y la única verdura disponible en el helado invierno de Beijing era la col china. Decenas de camiones del ejército, y cientos de tractores, entraban en invierno a la capital transportando toneladas y toneladas de col china, que luego era distribuida entre las entidades de trabajo, universidades e individuos. La gente almacenaba las coles donde podía, y si lo hacían en el exterior de sus casas, por ejemplo en los balcones, tenían que taparlas con especies de edredones de algodón para evitar que se congelasen.
Eran muchos meses donde la col china era lo único “verde” que se podía comer en Beijing.
Garantizar la calefacción a partir del 15 de noviembre, el suministro de carbón, y el abastecimiento de la col china era tarea prioritaria para el Alcalde de Beijing (normalmente entonces miembro del Buró Político del Partido Comunista) y su equipo de gobierno, y eran las noticias, que con todo lujo de detalles, daban los medios de prensa a la población.
Con excepción de la temperatura, la figura de los árboles, o los pocos días de nieve, el Beijing de hoy no experimenta en invierno la gran transformación que se vivía en los años 70; aunque hoy, al igual que entonces, el 15 de noviembre, con la llegada de la calefacción, es un día clave para los habitantes de la capital china.
Publicado originalmente en Global Asia

18 octubre, 2013

Fútbol chino - sueños y decepciones


A veces parece que hay cosas que no cambian nunca. Es lo que pasa, por ejemplo, con el caso del fútbol en “mis dos Orientes”.
En la República Oriental del Uruguay, a pesar de la alegría de volver a ganarle días atrás a Argentina, nos tocará volver a sufrir para clasificarnos para un mundial de fútbol, donde también seguramente volveremos a hacer las hazañas que han hecho grande al fútbol de un país pequeño.
En China, mi “otro oriente”, la frustración y el enfado han vuelto a los cientos de millones de aficionados que ven cómo, tras no haberle podido ganar a Indonesia, su selección nacional corre el riesgo de no poder clasificarse para la Copa Asia, después de haber perdido una vez más la posibilidad de estar en un mundial de fútbol, esta vez el de Brasil.
Y hoy al igual que hace casi cuarenta años, cuando digo que soy uruguayo, me siguen preguntando en China cómo y por qué un país con una población menor a la de un distrito de Beijing, fue dos veces campeón del mundo, dos veces campeón olímpico y sigue destacando en el fútbol mundial donde ocupa el puesto 6 en el ranking de la FIFA, mientras que China está en el 97.
Desde que llegué a China en 1975, como buen uruguayo me interesé por el fútbol y vi que era un deporte que ya en esos años empezaba a levantar pasiones en el país asiático, aunque, como en todos los aspectos de su vida política y social, aquí también teníamos y tenemos un fútbol con “características chinas”.
En mis primeros años en Beijing, el fútbol, al igual que los otros deportes, se regía bajo los principios de “Primero la amistad, luego la competencia” (友谊第一比塞第二), la cita de Mao Zedong que figuraba en todos los estadios del país. Eso no impedía, sin embargo, que se jugara con fuerza y en algunos casos dureza, cuando la selección china de fútbol se enfrentaba con la de los países “amigos”, como Corea del Norte, Rumanía o Albania.
Otra cosa que me resultó “extraña” es que no existía la palabra “gol” con la misma fuerza con que la podemos sentir o la pueden transmitir nuestros relatores de radio y televisión. En lugar de ello, la expresión era “entró la pelota”, o “la pelota entró, entró”, que siempre me ha parecido muy “descafeinada”.
A medida que iban pasando los años, que China se iba abriendo al extranjero, que por la televisión se podían ver cada vez más partidos, mayor era el interés y la admiración del público por el fútbol y, al mismo tiempo, su decepción y frustración por los pobres resultados de su selección.
Entonces se decía, aunque en español suene mal, que China era buena en las “pelotas pequeñas” (ping pong o bádminton) y mala en las “pelotas grandes” (fútbol, voleibol y basquetbol).
Las “pelotas pequeñas”, sin embargo, no daban la fama y el prestigio internacional que las “pelotas grandes”, aparte de que un deporte como el ping pong no es un espectáculo de masas.
Por suerte para los habitantes del país, a mediados de los años ochenta la selección femenina de voleibol comenzó una triunfadora racha de títulos mundiales bajo el liderazgo de Lang Ping, conocida como “el martillo de hierro”.
Entonces, para tristeza y vergüenza de la población masculina, se empezó a decir –y aún hoy se sigue diciendo- que las mujeres chinas son mejores que los hombres en muchas disciplinas deportivas (por ejemplo el voleibol, el tenis, la natación, el fútbol femenino, etc.)
En su afán por intentar que su fútbol “salga de Asia y entre en todo el mundo”, como dicen en chino, las autoridades han probado casi todo. Se han contratado entrenadores extranjeros para la selección y clubes –el último caso, que terminó en fracaso, fue el del español José Antonio Camacho para la selección nacional-; se estableció una Liga de fútbol, que estuvo paralizada hasta hace poco debido a los grandes escándalos de corrupción relacionados con apuestas deportivas; los clubes contratan jugadores extranjeros; se han enviado niños chinos a entrenarse en países como Brasil; se han hecho acuerdos de cooperación con clubes extranjeros y un largo etcétera.
Todo ha sido en vano, la gente se siente decepcionada –algunos han llegado a plantear que China suprima oficialmente el fútbol como deporte nacional- y en muchos casos humillada. No entienden cómo un país que ha llegado a ser ya una potencia en muchos aspectos políticos, económicos y sociales, no pueda ser capaz de tener una selección nacional de nivel mundial.
“Si es que hasta Corea del Norte ha estado en el mundial de fútbol y además sin hacer el ridículo” se lamenta la gente que ahora ve que China corre el riesgo de no estar en una Copa de Asia por primera vez desde 1976, si no gana sus próximos dos compromisos.
En definitiva, que el fútbol chino no sólo no ha progresado a pesar de todos los esfuerzos y voluntades, sino que corre el riesgo de retroceder a donde estaba hace cuatro décadas atrás.
El “sueño chino” que quiere impulsar el actual Presidente de la República y Secretario General del Partido Comunista, Xi Jinping, incluye una China con una selección de fútbol fuerte y de nivel internacional. Xi está considerado, al igual que el Primer Ministro Li Keqiang, un gran aficionado al fútbol.
Recientemente, desde Hong Kong, algunos medios de prensa han llegado incluso a proponer el nombramiento de Xi Jinping como Presidente de Honor de la Asociación China de Fútbol.
Como, por suerte para países como Uruguay, el fútbol aún sigue teniendo mucho de tradición, y no todo el dinero o poderío del mundo sirven para crear un buen equipo, me temo que lamentablemente a mi “otro oriente” aún le queda un largo camino por recorrer.
Mientras tanto, mientras espero que Uruguay pueda ganarse contra Jordania el derecho a estar el próximo año en Brasil, habrá que seguir con atención cuál será el desenlace final si es que China al final no puede clasificarse para la Copa de Asia.
Publicado originalmente en Global Asia

24 septiembre, 2013

Turistas chinos en España – Aeropuertos, vuelos y demás

El pasado domingo 22 de septiembre leí dos noticias relacionadas con el turismo chino en España.
El suplemento “Negocios” de El País dedicaba un artículo de casi una página entera a los intentos de la administración española por incrementar los enlaces aéreos con China para así fomentar la llegada de turistas del país asiático.
El mismo día, el “Twitter chino” Weibo reproducía un artículo denunciando lo que consideraba un trato “discriminatorio” de la policía del Aeropuerto de Barajas hacia los pasajeros chinos que llegan a la capital de España.
Con permiso de los expertos en turismo y en China, me gustaría compartir algunas reflexiones sobre este tema.
Al igual que en el caso de las relaciones económicas y comerciales,  en el tema del turismo se pone excesivo énfasis en el aspecto de los vuelos directos entre China y España, como si éste fuese el mayor obstáculo a esas relaciones. Me permito no compartir este análisis y me gustaría –limitándome solamente al tema de los vuelos y dejando de lado otros más importantes como las instalaciones, servicios, etc.- resaltar algunos puntos a continuación:
Los vuelos directos no son una solución mágica. Por ejemplo tengo entendido que entre Japón y España no existen vuelos directos, y sin embargo en el 2012 la cifra de turistas japoneses que visitaron España (360.000) duplicó a la de los turistas chinos (177.000), a pesar de que Madrid y Beijing sí están unidas con vuelos sin escalas de Air China.
Otro aspecto de este tema es el monetario. El turista en general, a la hora de desplazarse, busca los billetes más baratos (de ahí el auge de las líneas aéreas low cost). Si el turista chino tiene que hacer una sola escala antes de llegar a España, la hará sin problema si con ello puede obtener un billete más económico.
Pero es que además, el turista chino que viaja a Europa intenta aprovechar para conocer más de un país, en cuyo caso España no es el destino ideal como primera parada.
En definitiva, si puede conseguir un billete que le traiga a España vía Paris, por ejemplo, y encima es más económico que un vuelo directo, creo que no dudará en hacerlo, por más conexiones directas que pueda haber con Madrid.
De hecho, como usuario frecuente de Air China tengo la impresión de que la mayor parte de sus clientes son residentes chinos en España y sus familias (esto se puede apreciar por el elevado número de niños que viajan en sus vuelos), viajeros de negocio y pasajeros “estatales” (o sea aquellos cuyos billetes son comprados por organismos oficiales chinos, en cuyo caso dan preferencia a Air China).
Por último, y como indiqué, limitándonos sólo al tema de los vuelos, hay otros aspectos que considero influyen negativamente a la hora de impulsar el turismo chino en España.
La llegada al Aeropuerto de Barajas (en especial las terminales 1 y 2 donde llegan la mayor parte de los vuelos directos –Air China- o de conexión desde Asia –los provenientes de Paris, Amsterdan, Frankfurt o Munich-) es bastante deprimente para un viajero que viene de un país como China donde los aeropuertos hasta de ciudades de tercer nivel son mucho más modernos.
Las barreras arquitectónicas, sobre todo en la Terminal 1, ya son un factor de cansancio y enfado para el pasajero que –después de un lago viaje- llega normalmente con equipaje de mano, y mucho más para las personas con niños o con problemas de movilidad.
Ese cansancio y enfado, sin embargo, no son nada comparado con la impresión que se llevarán cuando se den cuenta de que tendrían que haber venido con una moneda de 1 € desde Beijing si es que pretenden, como cualquier usuario  normal de aeropuerto, poder usar un carrito para llevar sus maletas.
Encima de todo eso, es muy probable que a la salida del avión el pasajero chino se encuentre con agentes de seguridad que le pedirán y revisarán sus documentos mientras dejan pasar a todo aquel que no tenga cara asiática.
Por último, y según indican en Weibo citando a la página web Eulam.com, últimamente los pasajeros chinos se sienten discriminados ya que, siempre de acuerdo a esa página web, ellos y sus equipajes son sometidos a una minuciosa revisión llegándose en algunos casos “a confiscarles medicinas”.
El artículo, titulado La policía del Aeropuerto de Madrid investiga en Llegadas exclusivamente a los chinos”, relata varios casos de pasajeros chinos a los que se les revisaron todas sus pertenencias, mientras que “pasajeros de otras nacionales y razas” salían sin problemas del aeropuerto.
En definitiva, el tema del esperado turismo chino y las ventajas que podría traer para la economía española, no se limita ni se resuelve con un incremento de vuelos entre ambos países.
Publicado originalmente en Global Asia


09 septiembre, 2013

Recordando el día que murió Mao

Un 9 de septiembre de 1976, a las 00:10 de la madrugada, fallecía en Beijing el líder chino y fundador de la República Popular, Mao Zedong. Han pasado ya 37 años pero aún recuerdo claramente ese día, así como los que le precedieron y siguieron en uno de los años más convulsionados de la historia reciente de China.
Era una mañana de sol en un Beijing que iba entrando con fuerza en el otoño, después de unos meses de julio y agosto calurosos, lluviosos y tremendamente difíciles para los habitantes de la capital china que, afectados por el terremoto de Tangshan, tuvieron que vivir semanas fuera de sus casas, en carpas del ejército, en viviendas provisionales e incluso en la misma calle.
En realidad debería decir tuvimos que vivir, y no “tuvieron”, ya que junto con mi familia y otros extranjeros que residíamos en Beijing, también sufrimos las consecuencias del que se considera uno de los terremotos más devastadores de la historia moderna y que tuvo su epicentro a menos de 200 kilómetros de la capital china.
Ese día el Instituto de Lenguas de Beijing (北京语言学院) amaneció engalanado con banderas de colores y carteles que anunciaban la celebración, esa tarde, de un nuevo aniversario de su fundación.
Antes del mediodía, sin embargo, nos indicaron que se suspendían los actos de celebración y que debíamos regresar a nuestras habitaciones y estar pendientes de la radio ya que a las 16:00 horas se iba a anunciar una “noticia importante”.
Aunque eran tiempos sin redes sociales, internet, teléfonos móviles o faxes, “todos” sabíamos o suponíamos de qué se trataba. Era la noticia que todos sabían que iba a suceder, y que algunos estaban esperando, pero que nadie se atrevía a mencionar en público: la muerte del hombre a quien en todas las consignas se dedicada un “Viva”, o en chino un “diez mil y diez años”  (万岁,万万岁).
Después de la muerte ese año del Primer Ministro Zhou Enlai el 8 de enero, y del caudillo militar y Presidente de la Asamblea Popular China (Parlamento) Zhu De, el 6 de julio, Mao era el último sobreviviente del trío más importante que aún, a mediados de los años 70, estaba al frente del país más poblado del planeta. (En una anterior entrada titulada “Todo comenzó un 8 de enero de 1976” trato el tema del fallecimiento de Zhou Enlai y otros acontecimientos de ese año)
En sus últimas apariciones públicas en la televisión recibiendo a dirigentes extranjeros –entre ellos a Richard Nixon o al entonces Vicepresidente egipcio Hosny Moubarak- ya se podía apreciar claramente el deterioro de la salud y estado físico general de Mao.
Su última aparición pública fue un 12 de Mayo, cuando recibió al Primer Ministro de Singapur, Lee Kuan Yew.
Después de almorzar en el comedor del Instituto, regresamos en bicicleta con mi hermana a nuestro domicilio, donde, a las 16:00, pegados a una radio eléctrica de mesa marca “El Este el Rojo”, escuchamos el comunicado oficial anunciando el fallecimiento del “camarada Mao Zedong, respetado y querido gran líder de nuestro Partido, nuestro ejército y nuestro pueblo de todas las nacionales, gran maestro del proletariado internacional y de las naciones y pueblos oprimidos del mundo”, y a continuación una reseña biográfica seguida de música fúnebre china y los acordes de “La Internacional”.
Al segundo día, y a pesar del duelo oficial fijado hasta el 18 de septiembre, asistimos a nuestra clases de chino donde el profesor Wang, con lágrimas en los ojos, un brazalete negro y una flor blanca, nos enseñó a escribir la frase  “Gloria eterna al Gran Líder el Presidente Mao!”
El cuerpo del dirigente chino fue velado en el Gran Palacio del Pueblo, por donde pasaron, de forma organizada, unas 300.000 personas, y a donde tuve la oportunidad de asistir el 14 de septiembre entre un grupo de los llamados “amigos extranjeros” que entonces estábamos en la capital china.
El acto final de despedida tuvo lugar el 18 de septiembre a las 15:00; con un país que se paralizó por completo durante tres minutos, y en una plaza de Tiananmen ocupada por un millón de personas.
Era un hito más, pero no el último, de un año del dragón que iba a convertirse en uno de los más trascendentales –y quizás de los menos estudiados, analizados y conocidos- de la vida de la República Popular.
La muerte de Mao fue el comienzo de una nueva e intensa lucha interna dentro del Partido Comunista que, contra todo pronóstico, provocó en octubre la caída de su viuda Mao, Jiang Qing y otros tres importantes dirigentes del Buró Político –la conocida como “banda de los cuatro”.
Un prácticamente desconocido Ministro de Seguridad Pública, Hua Guofeng, asume plenamente en septiembre el papel de sucesor de Mao que ya había empezado a ejercer de forma oficiosa en enero de 1976; aunque su paso por el poder fue bastante efímero ya que al cabo de un poco más de dos años, en diciembre de 1978, un nuevamente rehabilitado Deng Xiaoping comienza a dirigir un movimiento de reformas y cambios que aún sigue adelante, y que ha convertido a China en ese gigante al cual hoy todos enfocan sus miradas.
Creo que es bueno recordar esos momentos históricos para darse cuenta de lo imprevisible que es el “Imperio del Centro”, de lo difícil que es entender y predecir lo que pasa en su interior. Ningún sinólogo, llamado “experto” en China o simple seguidor de la evolución de este país pudo predecir, entre otras cosas, el final de Lin Biao como heredero oficial de Mao; la rehabilitación de Deng en 1974 y su nueva caída en abril de 1976; la nominación de Hua Guofeng como sucesor de Mao, y la caída, juicio y condena de su viuda Jiang Qing y de sus fuertes aliados en la dirección política del Partido Comunista.
Considero que es bueno tener esto en cuenta cada vez que se analiza China, a pesar de que ahora, con el avance de las telecomunicaciones, una mayor apertura y transparencia en relación con la de aquellos años, todo parece –para muchos- un poco más fácil y sencillo de entender.
Publicado originalmente en Global Asia


27 agosto, 2013

Los “efectos secundarios” de los avances tecnológicos en el idioma chino

El pasado mes de mayo, en una de mis entradas en este blog, reflexionaba sobre el impacto positivo de la tecnología moderna –en especial la informática y la telefonía móvil- en el aprendizaje del idioma chino, así como para su uso en la difusión de conocimientos e información.
También mencionaba al final del artículo que, sin embargo, un aspecto negativo del uso y abuso de las tecnologías modernas era la pérdida de capacidad para escribir a mano.  (Ver “La revolución tecnológica y su impacto sobre el idioma chino” )
Si la “revolución digital” que estamos viviendo ha contribuido y está contribuyendo a facilitar el aprendizaje y uso del idioma más hablado del mundo, así como el acceso a la cultura y a la información para cientos de millones de personas, también hay que ser conscientes de lo que podríamos calificar como sus “efectos secundarios”, principalmente en dos aspectos: los problemas de ortografía entre las nuevas generaciones y los peligros para la caligrafía,  una de las muestras de arte más tradicionales de China.
Recientemente, el China Daily se hacía eco de este fenómeno negativo y se refería a lo que llamaba “amenaza” para los caracteres chinos en la era digital  (Ver artículo).
Veamos en primer lugar el caso de la escritura. En el idioma chino la caligrafía (书法) es un arte, igual de o más importante que la pintura, por ejemplo. Tener una buena caligrafía, siempre utilizando el pincel, y componer poesía, eran virtudes apreciadas y necesarias para destacar en todos los campos de la sociedad.
El mismo Mao Zedong, mientras luchaba contra varios de los legados culturales de la que entonces se llamaba “vieja China”, sin embargo nunca dejó de escribir con pincel, de componer poesía al estilo tradicional chino, y de hacer inscripciones de puño y letra tanto de consignas políticas como de nombres de monumentos, edificios y lugares emblemáticos del país.
Entre sus caligrafías más conocidas y difundidas están los cinco caracteres de la frase “Servir al pueblo” (为人民服务). Cualquier turista que visite Beijing podrá ver aún en la fachada de la Estación de Tren de Beijing (no confundir con las otras nuevas estaciones de tren, como la estación del Norte o la estación del Sur) en el centro de la ciudad, los tres caracteres 北京站 (estación de Beijing) escritos por Mao.
Esa costumbre del fundador de la República Popular fue seguida por algunos de los dirigentes posteriores a su época. El primero fue Hua Guofeng, quien al final de su corta vida política como sucesor de Mao, fue criticado por querer impulsar un nuevo “culto a la personalidad”  y dedicarse precisamente a hacer inscripciones en los lugares que visitaba o inauguraba.
El  considerado como “arquitecto de la reforma china”, Deng Xiaoping fue también muy aficionado a la caligrafía y utilizó algunas de sus inscripciones como arma política para lanzar mensajes tanto para consumo interno como internacional. El hecho de escribir una inscripción en un lugar determinado o sobre un lugar determinado era una muestra de apoyo a ese lugar y a las políticas de ese lugar. Eso ocurrió por ejemplo en 1984 durante su famoso viaje a la Zona Económica Especial de Shenzhen, donde escribió una inscripción que significó un respaldo e impulso a la política china de apertura al exterior.
Los dirigentes de la historia más reciente de China fueron abandonando esa práctica hasta que en el año 2012 el Partido Comunista prohibió expresamente a los miembros del Buró Político hacer ningún tipo de inscripción pública de puño y letra.
Según el citado artículo del China Daily existe preocupación en la Asociación China de Calígrafos de que ese arte desaparezca en medio de la “revolución digital”. Dicha preocupación sería compartida por las autoridades del país y en este sentido el periódico menciona una instrucción del Ministerio de Cultura del año 2011 para que en todas las escuelas primarias de China se den clases de caligrafía una vez a la semana, así como para que cursos similares se den en instituciones superiores de enseñanza. Sin embargo, la falta de profesores estaría imposibilitando la aplicación completa y normal de esa norma.
Como ya indicamos, el otro “efecto secundario” de estos avances tecnológicos es el de los problemas de ortografía. Aquí, podemos encontrar alguna similitud con lo que está pasando con el español, aunque el caso del chino es mucho más grave.
La facilidad para “escribir”, o mejor dicho reflejar en escrito caracteres chinos por medios electrónicos, los correctores automáticos de ortografía, está generando una especie de “analfabetismo parcial” (no sé si el término es el más correcto, pero quiero definir la capacidad para leer y para escribir por medios digitales, pero la incapacidad para escribir a mano) entre las nuevas generaciones chinas que, sin la ayuda de un ordenador o un teléfono móvil, tienen cada vez más dificultades para escribir con un lápiz y un papel y sin faltas de ortografía.
En el idioma chino los problemas son exponencialmente mayores que en el caso del español. Mientras que en la lengua de Cervantes los posibles errores estarían “limitados” a confusiones entre la “v” y la “b”; la “c”, “s” o “z” o el uso de la “h”, en el chino nos encontramos con un idioma sin alfabeto, con un número casi ilimitado de caracteres formados por diversas combinaciones de trazos, cuyo aprendizaje y uso depende casi exclusivamente de la memorización y de un uso periódico.
En mi anterior entrada ya citada, hacía mención a que “Aparte de los innumerables cursos y diccionarios on-line, y de otras herramientas de utilidad,  ahora muchas veces “basta con” reconocerlos caracteres, aunque uno nos lo pueda escribir de memoria. Por ejemplo, para escribir Beijing (北京) basta con escribir su nombre en pinyin (la romanización fonética del chino), o simplemente poner las letras “B” y “J” juntas, y aparece por defecto la palabra北京.”
Por suerte, los teléfonos y tabletas más modernos incluyen la posibilidad de escribir caracteres en la pantalla, y que el dispositivo los reconozca, lo cual permitiría seguir practicando la escritura de caracteres y aprovechando al mismo tiempo las ventajas de la “revolución digital”.
Al mismo tiempo, como indica el China Daily, los padres comienzan a ser conscientes del problema y algunos envían a sus hijos a escuelas de caligrafía.
Así pues, para bien o para mal, los efectos de la “revolución digital” en el idioma y en la cultura china son de una profundidad y complejidad que, por las mismas características de su lengua, sobrepasan de lejos a los que podemos encontrar en el español.
Publicado originalmente en Global Asia

29 julio, 2013

Messi, marcas chinas, empresas chinas y demás

Recientemente muchas personas seguramente se han asombrado al ver a Leo Messi haciendo publicidad sobre una aplicación para teléfonos y tabletas, llamada “WeChat”, un programa parecido –pero gratis y con muchas más funciones- al popular “WhatsApp”.
No sé si mucha gente sabe que “WeChat”, el producto anunciado por Messi, es un programa desarrollado por una empresa china, Tencent (腾讯), fundada en 1998  y actualmente la empresa de Internet más grande de China por capitalización.
“WeChat” se ha transformado ya en la aplicación más popular dentro de China, no sólo para los habitantes del país, sino para la ya numerosa y creciente comunidad de residentes extranjeros.
En la publicidad que protagoniza el futbolista argentino del F.C. Barcelona, y que se está dando a conocer a nivel global (el anuncio tiene versiones en diversos idiomas ), sin embargo, no hay ninguna mención a China.
Es un hecho que las marcas con nombres chinos o identificadas con China, han generado muchas veces entre los consumidores y establecimientos comerciales del mundo diferentes grados de dudas, temores y suspicacia.
Esta situación está cambiando en los últimos años.
Por un lado tenemos empresas con “nombres chinos”, como Huawei o Haier, que después de muchos años de esfuerzos están empezando a destacar en los mercados internacionales, incluso en los más desarrollados.
Huawei es una empresa dedicada a las telecomunicaciones, mientras que Haier fabrica electrodomésticos.
Los recursos destinados a publicidad no han sido ajenos a esta mejora de posición de sus marcas. Huawei, por ejemplo, auspició en la pasada temporada algún partido del Atlético de Madrid.
En América Latina, por otro lado, las marcas de automóviles chinos  (como Chery o BYD, entre otras) ya son muy conocidas en muchos países de la región, donde además tienen una posición creciente en alguno de sus mercados.
Por último, tenemos también el caso de empresas chinas que han adquirido empresas  extranjeras, sin haber cambiado las marcas de las mismas.
Es por ejemplo el caso del fabricante de automóviles Volvo, actualmente propiedad de la empresa china Geely.
Otro caso reciente es el de Campofrío, importante empresa española en el sector de elaborados cárnicos. El principal accionista de Campofrío es en la actualidad la empresa china Shuanghui quien adquirió la participación que Smithfield Food, de Estados Unidos, tenía en la empresa española.
El consumidor occidental, sin embargo  ¿relaciona a Campofrío, a Volvo o a WeChat con China? ¿Cuántos consumidores saben que Huawei es una empresa china?
La realidad es que cuando se menciona el nombre de China y sus empresas, por lo menos hasta hace muy poco tiempo, sólo se pensaba en los restaurantes chinos, en las tiendas de productos baratos, o en los productos de industria ligera y textiles.
Al igual que el país, sin embargo, las cosas están cambiando también de una forma espectacularmente rápida en lo que tiene que ver con las empresas chinas y sus productos.
Estos recientes acontecimientos demuestran, entre otras cosas:
a) El crecimiento de la presencia empresarial china en los mercados internacionales va en constante aumento y la tendencia no hace más que aumentar y extenderse poco a poco a casi todos los sectores de la vida económica y social.
En los últimos años, muchas de las grandes operaciones chinas en el mercado internacional han tenido relación directa con el gas y el petróleo o la minería, sectores de alguna manera alejados del día a día del consumidor.
El cambio, ahora, es que están llegando directamente a los escaparates de las tiendas, a la vida diaria de las familias, de los jóvenes.
Contrariamente a lo que se dice con frecuencia, parte importante del éxito de estas empresas no está en la competitividad salarial, sino, entre otros, a los recursos destinados a investigación y desarrollo.
b) Ya se ha dicho en reiteradas oportunidades que el proceso de internacionalización de las empresas chinas, tiene rasgos similares a los seguidos por Japón y por Corea. (Los menos jóvenes recordarán la entrada de los coches japoneses, y más tarde de los coreanos, en los mercados occidentales). Al principio también se desconfiaba de la calidad del “Made in Japan” y al final se llegó a tener a empresas japonesas controlando estudios de Hollywood o de producción musical, entre otros.
En el caso de Corea tenemos empresas como LG o KIA que no todo el mundo en Occidente relaciona con ese país asiático. El fabricante de automóviles KIA además utiliza la figura del tenista español Rafael Nadal en su publicidad. En este contexto, ¿puede ya asombrarnos que una empresa china use a Leo Messi para anunciar sus productos?
c) Las empresas chinas están demostrando que están dispuestas  a destinar millonarias sumas de dinero en publicidad y promoción comercial, cuentan con los recursos económicos suficientes, y lo están haciendo en muchos casos con “medios” occidentales y con herramientas occidentales.
Para terminar, y pidiendo disculpas por auto-citarme, me gustaría volver a recordar un artículo escrito en el 2007 y recuperado en diciembre pasado, titulado “China nos importa, China nos afecta”. Creo que cada día que pasa, el artículo adquiere una nueva actualidad.
Publicado originalmente en Global Asia
Pinche en el siguiente enlace para ver el artículo “China nos importa, China nos afecta”http://blogs.globalasia.com/china-reflexiones-orientales/china-nos-importa-china-nos-afecta/

15 julio, 2013

Recuperando recuerdos de una China de hace casi cuatro décadas

El  7 de julio se cumplieron  treinta y ocho años de mi llegada a Beijing, junto con mis padres –Berta y Vicente- y mi hermana Laura, y me gustaría recuperar un artículo que años atrás escribí en Global Asia, donde recordaba algunos aspectos de la China de entonces y la comparaba con la del país actual. Creo que dicho artículo sigue manteniendo su actualidad, y si en algo se ha quedado “viejo” ha sido en algunos datos sobre China. Por ello he decidido realizar unos muy pequeños cambios y reproducirlo a continuación
El DC-8 de Swissair aterrizó en Beijing un lunes 7 de julio de 1975 poco después de la 7 de la tarde. El vuelo SR316 había salido de Zúrich el domingo anterior y llegaba a la capital china después de un viaje de cerca de 20 horas con escalas en Ginebra, Atenas y Bombay, aunque en realidad el viaje había empezado cuatro días antes en Buenos Aires.
Un calor húmedo y pegajoso, y un retrato de Mao, en el edificio de arquitectura soviética de la terminal del Aeropuerto “La Capital”, fueron los primeros en recibirnos en China, y ese fue el comienzo de un contacto directo con el país más poblado del planeta que se mantiene hasta la actualidad.
Hoy, treinta y ocho años después, cuando cualquier vuelo desde alguna de las principales ciudades europeas es directo y dura menos de la mitad que aquel viaje de Swissair, el calor húmero y pegajoso de Beijing en julio y el nombre de su aeropuerto son prácticamente lo único que no ha cambiado desde entonces en la ciudad. Y es que, al igual que su aeropuerto ya no es el mismo, muy poco es lo queda hoy de la China y del Beijing de entonces.
La China del 75 era la de los años finales de Mao –quien fallecería en septiembre del año siguiente- y la que acababa de rehabilitar a Deng Xiaoping, quien volvería a caer en abril del 76 hasta su retorno definitivo en 1978.
Aunque suene a tópico, era también la China de las bicicletas porque, en realidad, lo que veíamos era todo un país en bicicleta. En bicicleta se movían sus habitantes (solos, con sus amigos, sus parejas o sus hijos), y se transportaban las cosas: en jaulas metálicas adosadas a las bicicletas los campesinos llevaban cerdos, gallinas o patos vivos; en triciclos se llevaba todo tipo de carga, desde carbón en invierno, hasta sandías en verano.
En bicicleta había que moverse todo el año, en el calor asfixiante del verano de Beijing, aliviado cada tanto por las tormentas de julio y agosto, en el frío bajo cero y con la nieve del invierno, y pedaleando contra los fuertes vientos de la primavera, siempre llenos de tierra.
Las bicicletas, luchando de forma caótica con los pocos coches que había en la ciudad –todos ellos con cortinas en sus ventanas- eran parte del paisaje y, con sus chillones timbres, del sonido de la ciudad. Una ciudad que se levantaba cada día a las 6 de la mañana con los acordes de “El este es rojo”, la gimnasia colectiva al aire libre –en verano y en invierno- y las noticias oficiales de las 06:30h difundidas por los altavoces de las comunas, fábricas, escuelas, cuarteles del ejército, oficinas y todo lo que se conocía como la “danwei” (la unidad de trabajo).
En el ámbito internacional era una China que seguía luchando para romper el aislamiento a la quería someterla parte de la comunidad internacional, que al mismo tiempo no podía vivir sin ella. Mao recibía en el 75 a jefes de Estado y de gobierno no sólo de países aliados sino al Presidente Gerald Ford de Estados Unidos en diciembre, o un mes antes al canciller alemán Helmut Schmidt, mientras que Deng Xiaoping acababa de visitar Francia en primavera.
Hacía apenas cuatro años que la República Popular había sido aceptada en las Naciones Unidas pero, por ejemplo, no podía prepararse para los Juegos Olímpicos de Montreal del 76 porque aún no era aceptada en el Comité Olímpico Internacional. Desde entonces, he podido ser testigo de acontecimientos de tremenda repercusión en la historia china y mundial. Hoy, cuando Beijing ya ha organizado con éxito unos Juegos Olímpicos, los cambios y el desarrollo de China han sido tan impresionantes que podemos decir que en muchos aspectos estamos hablando de otro país.
La prensa lleva ya años hablando del espectacular desarrollo que está teniendo lugar en la República Popular. Podríamos dar una larga lista de cifras impresionantes para demostrar la magnitud de uno de los procesos de cambio económico y social más importantes de la historia reciente de la humanidad, máxime si tenemos en cuenta el corto plazo de tiempo en que se está produciendo y que tiene lugar en el país más poblado del mundo.
También podemos leer con frecuencia los aspectos más “anecdóticos” de este cambio de China: la desaparición del mal llamado “traje Mao”, la progresiva extinción de las bicicletas de sus paisajes urbanos, la modernidad de sus nuevos edificios e infraestructuras o la creciente presencia de tiendas, instalaciones y marcas internacionales en todo su territorio. Todas esas estadísticas, impresionantes pero frías, todos los cambios anecdóticos son incapaces de reflejar el cambio tan profundo que ha experimentado el país y, sobre todo, sus repercusiones en el mundo actual.
China no es sólo ya la segunda economía y la primera potencia comercial del mundo, sino que es también una potencia espacial y líder mundial en muchos sectores de la industria y la ciencia y la tecnología. El crecimiento, la fuerza, el dinamismo de China no sólo los vemos en la economía, sino que lo podemos encontrar en la música, en el cine y en el arte en general. Más allá de los detalles anecdóticos, de la vestimenta, de las bicicletas o de la fisonomía de sus ciudades, el cambio de China ha sido tan profundo en muchos aspectos que ha afectado desde al idioma hasta a muchas de las costumbres del país.
Aunque el idioma obviamente sigue siendo el mismo, ahora se habla de forma muy diferente que hace tres décadas atrás. La gente se saluda diferente (no es sólo que la palabra “camarada” haya desaparecido prácticamente del vocabulario, o tenga ahora otras connotaciones; es que en los años 70 “¿Has comido?” era una de las primeras preguntas que se hacía la gente cuando se encontraba), y los verbos y los nombres de tantas cosas han cambiado (las palabras “hotel”, “restaurante”, “baño”, “peluquería”, “autobús”, “refresco”, “la cuenta”, “tienda” y un largo etcétera) tanto que una persona que haya estudiado chino en los 70 y vuelva ahora a Beijing puede encontrar verdaderas dificultades para comunicarse.
También ha desaparecido una larga serie de objetos que formaban parte del paisaje y de la vida del país. Los coches –que ahora inundan las calles de las grandes ciudades- ya no tienen cortinitas en sus ventanas; los autobuses ya no llevan altavoces para gritarle a los ciclistas y peatones que se aparten, y las escupideras han dejado de formar parte del mobiliario oficial, al igual que las tarteras de aluminio o los termos gigantes.
Este espectacular desarrollo, esta tremenda modernización, ha sido –como toda la historia de este país- un proceso “con características chinas”. Así fue la revolución de Mao y así han sido todas las etapas vividas desde la fundación de la República Popular China hasta el presente. La modernización, y en algunos casos “occidentalización”, que se puede observar hoy en muchos aspectos de la vida china –como, por ejemplo, en costumbres y hábitos de consumo- no deja de tener sus peculiaridades y sus características chinas.
Por ello, y detrás de los gigantescos cambios, siguen coexistiendo elementos que nos hacen recordar, aunque en otro entorno, a la China de hace 38 años como si estuviésemos viendo unremake de una vieja película, donde el libreto es el mismo pero el escenario es más moderno. China, en el fondo, sigue siendo una gran desconocida para gran parte del mundo exterior, a pesar de Internet y de lo que han avanzado las comunicaciones.
Es un país difícil de entender y más de predecir, aunque en teoría fácil de analizar a posteriori por el cada vez mayor número de seguidores de su actualidad; un país en el cual hay que seguir leyendo entre líneas, analizar los gestos y los símbolos; un país aún rodeado de mucho misterio, protocolo y lo que podríamos considerar una “liturgia” estricta e inmutable a pesar de las décadas transcurridas.
Publicado originalmente en Global Asia