07 julio, 2018

A los 43 años de la llegada a China

Un 7 de julio de 1975 llegué a China con mis padres y una de mis hermanas, Laura, y desde entonces y durante un período de varios años fuimos la única familia uruguaya que vivió en el país más poblado de la tierra, alejados y aislados de nuestra República Oriental.

Veníamos del Sur al Norte, de Occidente a Oriente, del Atlántico al Pacífico, del invierno al verano, de un mundo a otro completamente diferente.

En Beijing mis padres trabajaron en las “Ediciones en Lenguas Extranjeras” –organismo oficial del gobierno chino encargado de la publicación de revistas y libros en diferentes idiomas- en concreto mi padre en el semanario “Pekin Informa” (así se llamó los primeros años hasta que cambió su nombre por el de “Beijing Informa”) y mi madre en la sección de edición de libros, ambos como correctores de estilo para las ediciones en español.

Mi hermana y yo, que aún no habíamos cumplido los 18 años cuando llegamos, estuvimos dos años estudiando chino en el Instituto de Idiomas de Beijing (en la actualidad Universidad de Idiomas de Beijing). Luego tomamos rumbos académicos diferentes y terminamos realizando estudios superiores en las dos universidades más prestigiosas del país; Laura en la Universidad de Beijing (más conocida como "Beida") especializada en humanidades y en mi caso en la de Qinghua (o Tsinghua) dedicada a las ciencias. 

Por supuesto eran años sin Internet, sin comunicaciones telefónicas directas, sin cadenas de televisión por satélite, sin aire acondicionado, sin posibilidad de comprar productos extranjeros o cosas tan "insignificantes" pero importantes como un desodorante o una hoja de afeitar. 

Llegamos a Beijing en la fase final de la llamada “Revolución
Cultural”, con el Presidente Mao, como se le llamaba entonces, aún con vida; era la China de las Comunas Populares en el campo, de los Comités Revolucionarios como órganos de dirección de todas las entidades del país, de los "médicos descalzos", de los pioneros y los guardias rojos.

Era la China de los “cupones de racionamiento” para la alimentación y la vestimenta y donde una bicicleta, un reloj de pulsera o una radio eran los bienes más valiosos que podían tener sus habitantes; una China de 800 millones de personas cuyos principales aliados internacionales eran Albania y Corea del Norte; un país –el más poblado de la tierra- que sin embargo no podía participar en ninguna Olimpíada porque no pertenecía aún al Comité Olímpico Internacional
.

La distancia nos llevó a apreciar y entender mejor cosas de nuestro lejano Uruguay, de nuestra América Latina y del mundo en general, a relativizar las cifras, y a valorar cosas en principio “insignificantes” como por ejemplo un limón, el olor y la vista del mar, el canto de los teros, o el sabor del dulce de leche o de membrillo.

Nuestra vida cambió en muchos aspectos, aprendimos a comer con palillos, a tomar agua caliente en pleno verano y a usar la bicicleta no como una herramienta de diversión sino como un útil e importante medio de transporte. Fueron años en que más de una vez llegué a ver a mis padres tomando mate literalmente “con yerba de ayer secándose al sol” como dice el tango.

En Beijing fue donde vimos nieve por primera vez en nuestra vida, y donde vivimos una climatología en nada parecida a la de Uruguay; duros inviernos, con temperaturas mínimas por debajo de cero y noches insoportables de calor veraniego en medio del ensordecedor canto de las chicharras. Así mismo tuvimos que acostumbrarnos a vivir las estaciones del año “al revés” de como se vivían en el Hemisferio Sur.

También en la capital china vivimos y sufrimos lo que está considerado el terremoto más devastador de la historia moderna del mundo, que tuvo su epicentro en Tangshan, a menos de 150 kilómetros de Beijing y que causó, según las cifras oficiales, más de 240.000 muertos. Aunque casi no hubo grandes bajas humanas en la capital, sí nos obligó, al igual que a los demás habitantes de la ciudad, a vivir varias semanas fuera de nuestras casas, en nuestro caso concreto en tiendas de campaña instaladas por el ejército en las zonas al aire libre del Hotel de la Amistad, donde vivíamos entonces.

Entre nuestra llegada a Beijing y octubre de 1976 vivimos uno de los años más convulsos en la historia de la joven República Popular, y fuimos testigos directos de importantes acontecimientos de la historia mundial como la muerte de Mao Zedong el 9 de septiembre; una caída más en desgracia de Deng Xiaoping, quien más tarde regresaría al poder y se convertiría en la figura principal de la China post-Mao, así como la detención y juicio a la viuda de Mao y otras importantes figuras del Partido Comunista y del Gobierno, pertenecientes al ala más “izquierdista” y radical, conocida como “La banda de los 4”.

También fuimos viendo los pequeños y paulatinos cambios que se fueron viviendo tras la muerte de Mao, desde la primera vez que apareció la Coca-Cola hasta la progresiva “modernización” en todos los aspectos de la vida diaria.

En China, en medio de saudades y recuerdos, tuvimos oportunidad de vivir una experiencia única en nuestras vidas, muy enriquecedora en muchos aspectos y que por lo menos en mi caso cambió o generó una forma de ver el mundo y las cosas desde otro ángulo y con otras dimensiones, a relativizar muchas cosas.

En las décadas pasadas desde nuestra llegada, China ha cambiado de forma espectacular, y en muchos aspectos es ya "otro país". Para muchos la experiencia que vivimos nos convertiría en “expertos”. Sin embargo, a medida que ha ido pasando el tiempo, he sido cada vez más consciente de la complejidad de todo lo relacionado con el mundo chino y de lo difícil que es hablar o escribir sobre este gigante país.

China es hoy, en muchos aspectos, un país mucho más abierto y más “fácil” de entender, aunque en el fondo sigue siendo tremendamente complejo e imprevisible.

Y si algo he comprendido en estas más de cuatro décadas de relación con China es lo difícil que es comprender, más allá de las apariencias y signos externos, lo que de verdad ocurre en el gigante asiático.

@PabloRovetta