08 enero, 2013

Todo comenzó un 8 de enero de 1976



Aunque pocas veces se menciona, 1976 fue, en mi opinión, el año más importante y crítico en la historia de la República Popular China, y el origen del proceso de apertura y reforma que el país está llevando a cabo desde finales de 1978.

En menos de doce meses pudimos ser testigos ese año de la muerte de Mao Zedong  y de las otras dos figuras más importantes del país, el Primer Ministro Zhou Enlai y el Presidente de la Asamblea Popular Nacional, Zhu De; de una nueva caída en desgracia y posterior reaparición de Deng Xiaoping; así como de la detención, juicio y prisión de la viuda de Mao y otras figuras relevantes del Partido Comunista y el gobierno.

Todo comenzó un día como hoy, el 8 de enero de 1976, con el fallecimiento de Zhou Enlai, y culminó –tras una serie de acontecimientos de importancia fundamental- casi tres años después con un cambio de rumbo político e ideológico en la dirección del país, resumido en la consigna “reforma y apertura al exterior” (改革开放). 


Desde entonces, en un proceso que aún continúa, no exento de conflictos y retos sociales, económicos y políticos, China se ha desarrollado de una manera espectacular, habiendo llegado a convertirse en la segunda economía del mundo, solo por detrás de los Estados Unidos.


El año anterior a la muerte de Zhou se había caracterizado por un paulatino retorno a la normalidad después de los años más violentos y caóticos de la Revolución Cultural, en concreto de 1966 a 1968, y de la muerte violenta en 1971 de Lin Biao, considerado durante años como el sucesor de Mao. La administración, las universidades,  escuelas y fábricas  estaban volviendo a su vida normal; muchos de los dirigentes perseguidos y “caídos en desgracia” durante la Revolución Cultural volvían a la vida política activa, siendo el caso más destacado el de Deng Xiaoping, quién pasó de ser el “segundo seguidor del camino capitalista dentro del Partido Comunista” a Vicepresidente del Partido y Vice Primer Ministro del gobierno en 1975.


Ese año volvió a reunirse la Asamblea Popular Nacional, y el Primer Ministro Zhou Enlai hizo un llamamiento a todo el país para desarrollar la economía en el Vº Plan Quinquenal de Desarrollo (1976-1980), y convertir a China en un país moderno antes de finales del siglo XX.


La lucha política entre las diversas facciones del Partido sin embargo continuaba de forma aguda a  medida que la salud de Mao se deterioraba y se preparaba su sucesión. Como en muchas etapas de la historia de la República Popular, la lucha interna se expresaba a través de temas literarios y culturales. 


Así, en una situación extremadamente difícil de comprender para los extranjeros seguidores de la realidad china, la crítica a Lin Biao se vinculaba con la crítica a Confucio; y los enemigos de Zhou Enlai habían lanzado en su contra una crítica a la novela “A la orilla del agua”, uno de los clásicos de la literatura china.


Dentro de este contexto, el 1 de enero de 1976, el Editorial conjunto de Año Nuevo del “Diario del Pueblo”, la revista “Bandera Roja” y el “Diario del Ejército Popular de Liberación”, titulado “Nada es imposible en el mundo si uno se atreve a escalar las alturas”, rescataba dos viejos poemas de Mao con el objetivo de defender los logros de la Revolución Cultural y refutar “la falacia de que ‘el presente no es tan bueno como el pasado’”.


Poco tiempo hubo para digerir el contenido de dicho editorial ya que a los pocos días se produce la muerte de Zhou Enlai. El hasta entonces Primer Ministro había actuado de mano derecha de Mao y Jefe de Gobierno desde el primer día de la fundación de la República Popular China, habiendo sido uno de los pocos dirigentes, y el más importante, que sobrevivió a las diversas luchas internas en el Partido Comunista y en especial a la Revolución Cultural.


Llamado por la gente “el buen Primer Ministro del pueblo”, Zhou Enlai era considerado por muchos como el personaje moderado que intentó detener o mitigar los excesos de la Revolución Cultural y trató de ayudar y proteger a muchos de los perseguidos durante ese movimiento. Por ello, el anuncio de su muerte, aparte de los actos oficiales, originó un movimiento espontáneo de gente que a lo largo de la avenida principal de Beijing, y en medio de un intenso frío esperó horas a que pasara el cortejo fúnebre para darle su último adiós.


Zhou Enlai falleció de cáncer a los 78 años de edad en un hospital de Beijing, a las 09:57 de la mañana del 8 de enero, y el anuncio oficial se realizó ese mismo día por la tarde. Sus restos fueron incinerados el 11 de enero, y hasta el día 15 se realizaron actos de despedida y homenaje, primero en el Palacio Cultural de los Trabajadores, dentro de la conocida como Ciudad Prohibida, y posteriormente en el Gran Palacio del Pueblo.


El luto de los dirigentes y de la población era representado por brazaletes negros y flores blancas de papel en el pecho, los carteles de homenaje estaban escritos en caracteres blancos sobre un fondo negro, y los asistentes a los actos de homenaje hacían tres reverencias ante la fotografía de Zhou, lo cual no dejaba de impactarme y asombrarme como extranjero que llevaba entonces sólo medio año en China.


El discurso fúnebre fue pronunciado por Deng Xiaoping, en su calidad de Vice Presidente del Partido Comunista–una muestra de la fuerza que había vuelto a obtener a sólo un año de su regreso a la vida política normal- .


El sucesor oficial de Zhou Enlai, sin embargo, y en contra de todos los pronósticos, fue un funcionario prácticamente desconocido, Hua Guofeng, que figuraba en el número 12 del protocolo; prueba de que ninguna de las dos facciones había ganado la batalla final y Mao había buscado un candidato de consenso.


La muerte de Zhou Enlai, aparte de agudizar las luchas internas en el Partido Comunista entre los defensores de la Revolución Cultural y un ala más moderada que quería poner más énfasis en la economía, fue también el detonante de una nueva, esta vez la última, caída de Deng Xiaoping.


En efecto, a principios del mes de abril, y con motivo del día de los muertos según la tradición china, un grupo de personas comenzó a poner en la plaza de Tiananmen coronas florales y carteles en recuerdo de Zhou Enlai y de crítica a los elementos más radicales. El movimiento fue violentamente aplastado –uno de los incidentes de Tiananmen del que menos se habla- y como consecuencia de ello, Deng Xiaoping vuelve a caer en desgracia el 7 de abril, es destituido de todos sus cargos y comienza un nuevo movimiento político “Contra los vientos derechistas que pretenden revocar los veredictos dictados”.


Ya entrados en pleno Año del Dragón –año de cambio de dinastías como decían entonces algunos chinos- y aparte de la muerte de Zhou Enlai y la nueva caída de Deng Xiaoping nos tocó ser testigos el 6 de julio de la muerte de Zhu De, el segundo aliado más importante de Mao y Presidente de la Asamblea Popular Nacional, sufrir las consecuencias del terremoto de Tangshan –que también afectó a Beijing y originó más de un cuarto de millón de víctimas- y ya en septiembre-octubre la muerte de Mao Zedong y la posterior detención de la llamada “banda de los 4” integrada por su viuda, Jiang Qing y los teóricos y dirigentes de la considerada ala más izquierdista del Partido.