13 enero, 2013

Perdido en medio de la nube de contaminación que cubre Beijing.



Llevo cuatro días en Beijing y desde la ventana de mi habitación no soy capaz de ver más allá de los edificios de enfrente. Desayuno viendo la televisión local y leyendo la prensa capitalina que indica en titulares a toda página que la contaminación del aire ha roto todos los records y “no tiene precedentes en la historia” como dice el “Xingjingbao” o “Noticias de Beijing”.


Portada del "Noticias de Beijing" de hoy, domingo, anunciado que el nivel de PM 2.5 alcanzó la cifra de 900
La prensa indica que el sábado el nivel de PM 2,5 (la densidad de las partículas finas más peligrosas para la salud) alcanzó el nivel 900, cuando el máximo de la tabla es 500, lo cual puede causar graves problemas en el aparato respiratorio, enfermedades coronarias, o un incremento en la tasa de mortalidad por cáncer de pulmón, lo cual lo convierten en un “grave asesino oculto” para la salud de la población.


El problema está afectando a amplias zonas de China, pero Beijing es una de las más castigadas. Los hospitales estás desbordados y entre las medidas del gobierno municipal, se incluye un llamamiento a la población para no salir a la calle, o hacerlo con mascarillas, suspender durante tres días las actividades al aire libre de las escuelas (entre ellas la educación física), reducir en un tercio el uso de automóviles oficiales, limitar la apertura de ventanas para la ventilación de las casas y hacerlo sólo entre las 10:00 de la mañana y las tres de la tarde. El Aeropuerto del sur de Beijing fue cerrado el sábado por la tarde, y cientos de vuelos están siendo afectados en el Aeropuerto La Capital de Beijing y en otros del país, al tiempo que se han cerrado seis autopistas que unen la capital china con otras partes del país.


Entre los espectaculares cambios que ha experimentado China en general y su capital en particular, y en comparación con el Beijing que pudimos ver en los años 70, uno de los más negativos es precisamente éste de la contaminación. Si a ello le sumamos la falta de árboles y espacios abiertos verdes –mucho de los cuales fueron desapareciendo bajo “la piqueta fatal del progreso”-, y los permanentes atascos y problemas de tráfico, la verdad es que la capital china se ha convertido en una ciudad cada vez más inhabitable y agresiva.


Los extranjeros que vivíamos en Beijing en los años 70 nos quejábamos en invierno de que no se podía colgar a secar ropa blanca, o no se podían usar camisas blancas, ya que al poco tiempo se volvían negras por la contaminación del carbón de las calderas que suministraban agua caliente y calefacción a la ciudad.


Ahora, el carbón ha sido sustituido por gas natural como fuente de energía, pero la industrialización, el espectacular incremento del parque automotriz y la desaparición de espacios verdes hacen que recordemos con nostalgia aquél Beijing de los años 70 u 80 donde no habían los rascacielos que ahora cubren la ciudad aunque desde cuyas ventanas poco se pueda apreciar en los cada vez mayor número de días en que la ciudad permanece envuelta en medio de la niebla contaminante.