30 diciembre, 2016

Esperando el año del gallo

Sin lugar a dudas, creo que el 2017 será uno de los más interesantes de los últimos años para todos aquellos interesados en China. 

Antes de que el año del gallo comience oficialmente el 28 de enero según su calendario tradicional ya tendremos un hecho inédito, y es que por primera vez en la historia un Presidente de la República Popular participará en el Foro Económico Mundial de Davos que comenzará el 17 de enero, una muestra más del papel más activo que está jugando China, y en concreto Xi Jinping, en la escena internacional. 

Coincidiendo con el Foro, el 20 de enero tomará posesión Donald Trump como nuevo Presidente de los Estados Unidos, y dará comienzo a un nuevo período en las relaciones entre Beijing y Washington. En principio, y según lo visto y oído en la campaña electoral de Trump, nos esperan mayores enfrentamientos entre las dos principales potencias económicas del mundo.

Es verdad, no obstante, que lo que se dice en una campaña electoral en muchos casos luego no se lleva a la práctica. También es verdad que a lo largo de la historia de las últimas décadas la República Popular siempre se ha llevado mejor con las Administraciones Republicanas que con las Demócratas. En todo caso será interesante ver este proceso, lo mismo que observar cómo esto afectará a las excelentes relaciones que Beijing tiene con Rusia, que ha declarado de forma abierta su apoyo a Donald Trump en las elecciones de los EE.UU.





Siguiendo en el terreno internacional, las malas relaciones con Japón, la situación de Corea del Norte y sus planes de desarrollo nuclear, y en especial los conflictos que Beijing mantiene con varios países en el Mar del Sur de China no harán más que agravarse, con una posible mayor intervención de EE.UU. y Japón, aunque parece que por lo menos la situación con Filipinas y su nuevo presidente tienden a mejorar.

Aparte de todo esto, la batalla diplomática con Taiwán aún no ha finalizado -el último episodio ha sido el reconocimiento de Santo Tomé y Príncipe al gobierno de la República Popular tras romper sus relaciones con Taipei- y a Beijing le preocupan los deseos de independencia de la isla desde la asunción al poder de Tsai Ing-wen, del DPP (Democratic People´s Party), después de ocho años de gobierno del Guomindang (Kuomintang) con el cual el Partido Comunista había alcanzado buenas relaciones. De la misma forma le preocupan las nuevas relaciones que Estados Unidos vaya a mantener con Taiwán. La conversación telefónica mantenida recientemente entre Donald Trump y la Presidenta Tsai es un hecho que molestó profundamente a la República Popular.

Por si no tuviera más problemas que enfrentar, en marzo del 2017 se celebrarán las primeras elecciones directas en Hong Kong para elegir a las autoridades de la ex colonia británica. La condición impuesta por Beijing de dar primero el visto bueno a los candidatos, lo cual implica que las elecciones no serán libres, desató una ola de protestas callejeras en Hong Kong y convierten el tema de las elecciones en una olla a presión.

La iniciativa china de renovar las antiguas rutas de la seda, por tierra y por mar, no parece que esté dando muchos frutos concretos, aparte del caso de Paquistán, por lo que habrá que ver si en el 2017 se logran avances significativos en este sentido. 

Por último, y no menos importante, está el acercamiento entre Beijing y el Vaticano. Es verdad que quedan aún obstáculos importantes por resolver -obstáculos que no son nuevos, como el nombramiento de los obispos-, pero ambas partes están negociando directamente y haciendo gestos amistosos mutuos, lo cual es algo nuevo. Tanto el Vaticano como la República Popular se caracterizan por su paciencia, visión a largo plazo y por contar con excelentes diplomáticos y por ello, a riesgo de equivocarme, no me sorprendería ver en el 2017 un establecimiento de relaciones entre ambas partes.

En el plano interior, el hecho más trascendental, salvo que ocurra algo imprevisible, será el XIX Congreso del Partido Comunista, previsto para la segunda mitad del 2017, lo cual no hará más que agravar, en los primeros meses del año, las luchas internas dentro del Partido. Xi Jinping continúa de forma firme y constante con su campaña contra la corrupción -también una forma de ir deshaciéndose de sus rivales- al tiempo que, en muchos aspectos de la vida diaria, está haciendo esfuerzos para reforzar su papel como líder indiscutible del Partido, el Ejército y el país, en muchos casos volviendo a utilizar gestos -algo que en China es muy importante-, un vocabulario y medidas que, en cierto modo y salvando las diferencias, hacen recordar más a la China de Mao que a la que empezó a transformarse con Deng Xiaoping.

De forma paralela, el país deberá continuar con sus reformas económicas, hacer cada vez mayores esfuerzos para alcanzar unas tasas de crecimiento económicas mínimas que garanticen la paz social y hacer frente a un número creciente de conflictos comerciales con el resto del mundo.

En resumen, a medida que aumenta su poderío económico y su posición en el mundo, son mayores los temas a los cuales la República Popular tendrá que hacer frente en el terreno internacional. Para ello, cuenta a su favor, y lo está utilizando de forma directa y lo seguirá haciendo, con su inmensa capacidad financiera y el "caramelo" de ser el país más poblado del mundo con una población con un poder adquisitivo cada vez mayor. 

Mientras internamente se ven cada vez mayores reflejos de lo que fue la China de Mao, en lo internacional, por el contrario, los reflejos que se ven son, en cierta medida, los que se criticaban en los años del fundador de la República Popular.

En todo caso, la China del año del gallo no pasará inadvertida en el mundo, nos guste o no, nos interese o no.

22 diciembre, 2016

China y el síndrome de la superpotencia

Una de las bases de la diplomacia de Mao y de Zhou Enlai, seguida durante muchos años por sus sucesores, era que China no quería convertirse en una superpotencia, y que luchaba para que todos los países, grandes o pequeños, fueran iguales. (国家不分大小,应该一律平).

A medida que, como consecuencia de la política de reformas y apertura al exterior, China se ha transformado en la segunda economía del mundo y primera potencia comercial, su política exterior ha ido cambiando, es cada vez más activa, y se ha transformado en un importante protagonista de la diplomacia internacional.

Al mismo tiempo, de forma directa o indirecta, quiere mostrar al mundo, y que éste le reconozca, su papel como potencia mundial, y ha ido perdiendo esa modestia y "perfil bajo" que de alguna forma formaban parte de su cultura, su idiosincrasia, y su política exterior. Ahora está jugando en las grandes ligas y quiere que se le reconozca su papel.

Esto no sólo lo basa en su poderío económico y financiero, sino en el hecho demográfico de ser el país más poblado del mundo.

Lo vemos en detalles en apariencia insignificantes como en el fútbol (por el hecho de ser el país más poblado del mundo, y muy rico en recursos financieros quiere ser campeón mundial de ese deporte), en su actitud  ante los conflictos fronterizos en sus mares, y en su diplomacia y trato hacia otros países.

El último ejemplo de esto ha sido la normalización de las relaciones diplomáticas con Noruega, que habían sido afectadas como consecuencia del Premio Nobel de la Paz que el Comité correspondiente de Noruega -nombrado por su parlamento- decidió otorgar en el 2010 al disidente chino Liu Xiaobo.

Comentando esta normalización, el periódico en inglés Global Times, dependiente del Partido Comunista, indicó en un artículo que "Norway has a population of merely 4 million, but it tried to teach China, a country with 1.4 billion people, a lesson in 2010. It was a ridiculous story." (Noruega tiene una población de sólo cuatro millones pero intentó darle una lección a China con 1.400 millones de habitantes. Fué una ridícula historia) Ver artículo del Global Times pinchando aquí

Sin querer entrar en el debate de la idoneidad o no del Premio Nobel, lo que resulta de alguna forma asombroso y peligroso del comentario del Global Times es que solamente porque un país es más pequeño y tiene menos población que China, no tiene derecho a opinar sobre temas relacionados con el país más poblado del mundo.

Se trata, en mi modesta opinión, de una conclusión, aparte de errónea, peligrosa, y que rompe con una tradición diplomática de décadas de la República Popular. Representa, también en mi opinión, un giro de 180 grados en la diplomacia china y sienta un mal precedente.

El centro de la cuestión, según el Global Times, ya no es si la concesión del Premio Nobel fue justa o no, sino que un país con "sólo" 4 millones de habitantes no tiene derecho a opinar sobre temas relacionados con la potencia de 1.400 millones de habitantes.

Con este mismo criterio ya nadie podría opinar sobre temas de China, ya que todos los demás países del mundo tienen poblaciones más pequeñas.

Creo que el gobierno chino está en todo su derecho de criticar las decisiones de otros gobiernos, parlamentos o instituciones internacionales, al igual que éstos tienen derecho a expresar sus opiniones sobre temas relacionados con China.

Es una pena ver cómo la diplomacia china, caracterizada durante décadas por las buenas formas, la modestia, el trato igualitario, la búsqueda de consensos -aunque siempre defendiendo como es lógico sus propios intereses- se ha ido transformando y llegando a límites que estoy convencido Zhou Enlai nunca aprobaría.